En un costado de la basílica del Santo Sepulcro, una pequeña puerta de madera de apenas metro y medio permite acceder a la iglesia de San Miguel, de los monjes etíopes y subir al monasterio de “los guardianes negros del Santo Sepulcro”, como se les denomina. Son los grandes desconocidos. Son, sin embargo, una de las iglesias que comparten la propiedad del Santo Sepulcro con los ortodoxos griegos, católicos, coptos, siriacos y armenios. Traspasada la entrada, nos encontramos con una bella capilla, que un moje cuida y protege, mientras espera unas monedas de los visitantes. Está adornada con pinturas de santos abisinios y la representación del encuentro del rey Salomón y la reina de Saba, que muestra su afinidad con la Biblia y Tierra Santa y que a su vez explica que en muchas de sus prácticas cristianas aparezcan influencias del judaísmo, tales como la circuncisión de los varones o la observancia de determinadas leyes de pureza.
Unas pronunciadas escaleras dan acceso a una nueva capilla que los monjes utilizan para celebraciones especiales y que, a su vez, nos conducen al tejado de la basílica, donde los monjes tienen sus precarias viviendas en condiciones insalubres. Aquí viven en soledad, olvidados de todos. Ellos en cambio a todos reciben con una sonrisa.
En 1808 hubo una epidemia en Jerusalén y todos los monjes abisinios murieron. Los coptos, entonces, según los etíopes, quemaron la biblioteca y los documentos que acreditaban sus derechos de la propiedad de su parte de la iglesia del Santo Sepulcro. Muertos los monjes y quemados sus documentos, podrían haber desaparecido de Jerusalén. Permanecieron gracias a las ayudas del Mandato Británico. Pero… ¿dónde quedaron ubicados? En los tejados de la iglesia del Santo Sepulcro donde los representantes de las cinco otras confesiones de la Basílica los enviaron. Allí malviven alejados del bullicio, que más abajo, generan los lugares en que fue crucificado y enterrado su Señor: una diminuta aldea africana, un grupo de chozas de barro, bajas y amontonadas de las que sale constantemente un ruido de cacharros de cocina. Las luchas entre las Iglesias ortodoxas copta y etíope continúan en la actualidad. Ni en el tejado de la iglesia del santa sepulcro les dejan vivir tranquilos a los pobres y humildes monjes.
La presencia etíope en Jerusalén se remonta al siglo IV, como atestiguan las crónicas de San Jerónimo. Cruzados y peregrinos reseñan, también, la presencia de los abisinios en la ciudad santa en las mismas fechas. Los monjes cuentan que la reina Helena, madre de Constantino, les dio las llaves de la iglesia del Santo Sepulcro y, aferrados a esa convicción, se consideran los representantes de todos los africanos en Tierra Santa.
El cenáculo es, sin duda, el santuario que más llena de estupor al peregrino. Una extraña hornacina en el centro de la sala, el mihrab o lugar que señala en las mezquitas hacia donde han de mirar los musulmanes al rezar y unas inscripciones en árabe con la profesión de la fe islámica, hace que algunos se pregunten ¿qué es esto, el Cenáculo o una mezquita? Se ve también en la sala un pelicano y unas uvas, grabados en los capiteles de las columnas, señales que indican que nos encontramos ante un lugar que pudiera ser cristiano. El pelicano, se dice que, cuando no tiene alimento para sus crías, se clava su pico, se hiere en su pecho, para extraer su sangre y alimentarles. Tradicionalmente esto se ha considerado como símbolo de la Eucaristía: Cristo que arranca partes de su cuerpo para dárselas a sus crías; como las crías del pelicano los cristianos no podrían vivir sin el alimento de la Eucaristía. Esto símbolos nos insinúan que pudiéramos hallarnos ante el lugar de la Última Cena, tal y como se indica a la entrada del lugar "The Last Supper".
Explicamos la compleja historia de lo que, ciertamente, es el Cenáculo. Nos aclarará algo sobre las mezclas arquitectónicas del el edificio Como consecuencia de la primera y segunda revolución judías contra los romanos, Jerusalén se convierte en la Colonia Aelia Capitolina. Los judíos y los judeo-cristianos son expulsados de su tierra, por decreto legal; les queda prohibido hasta contemplar su suelo patrio, incluso desde lejos. Desde el año 66 unos y otros huyen de la ciudad; los cristianos escapan hacia Pella, Transjordania. Jerusalén se puebla, poco a poco, de paganos romanos y de algunos cristianos de origen gentil. El Cenáculo, sin embargo, sigue siendo un centro de visita y veneración. Al estar situado en un barrio de la ciudad alta, en el Monte Sión, por tanto en las afueras de Jerusalén, no fue destruido por Tito en el año 70 y también quedó en pie en el año 135, pues no entraba dentro de la nueva ciudad romana. Muchos cristianos procedentes del judaísmo, además, sobrevivieron a la expulsión decretada por Adriano, al vivir fuera de los muros de la ciudad. Ellos siguen acercándose y cuidan del Cenáculo. En los siglos IV y V los cristianos de origen gentil se apoderan de los santos lugares que estaban en manos de los cristianos de origen judío, a veces por la fuerza, y su presencia desparecerá prácticamente de Tierra Santa. Los judeocristianos se habían convertido prácticamente en una secta del judaísmo. En 1099 los cruzados conquistan Jerusalén y reparan numerosas iglesias, además del Santo Sepulcro. El Cenáculo se convierte en una Iglesia cruzada. En 1187 Saladino conquista la Ciudad santa. Confisca la mayor parte de los monasterios e iglesias y se considerarán edificios públicos, propiedad del Estado, norma que seguirá vigente hasta 1817, cuando los ingleses conquistan Palestina. En el 1523 el Cenáculo se convierte en una mezquita. Desde 1336, y durante más de dos siglos, el Cenáculo se convertirá en la sede central de los franciscanos en Jerusalén. Por una carta del Sultán de El Cairo se le permite a San Francisco de Asís y sus frailes vivir en una casa abandonada qué está junto al Cenáculo y hacerse responsables del edificio santo. La situación del Cenáculo es catastrófica. La Santa Sede confía oficialmente, por estas fechas, a los franciscanos su custodia y la de los santos lugares. Con la llegada de los turcos los franciscanos son expulsados del El Cenáculo. Solimán el Magnífico, en 1523 obliga a lo franciscanos a abandonar el Cenáculo, en venganza por la derrota sufrida en el Mar Egeo por el emperador Carlos V y el Papa; mandó encarcelar a los frailes de toda Jerusalén y los llevó presos a las cárceles de Damasco,. donde la mayoría murió. Para mayor ignominia se colocó en la iglesia del Cenáculo una lápida, que permanece hoy todavía, con la siguiente instrucción:
¡En el nombre de Dios misericordioso y celemente! El Sultán de las criaturas, el sostén del Islam, el siervo de la casa santa, la fuente de la justicia y de la experiencia, el Sultán Solimán, descendiente de Uthman, ha ordenado purificar este lugar y purgarlo de los infieles, y transformarlo en una mezquita en la cual debe sea dorado el nombre de Allah. Que Allah proteja el Islam, concediéndole larga vida”.
En 1948, como consecuencia de la primera guerra árabe-israelí, el Cenáculo, después de estar más de dos siglos en manos de los franciscanos, sus legítimos propietarios, y unos cuatro siglos en manos de los musulmanes, que se lo habían usurpado, pasó bajo la soberanía del Estado de Israel. La sala de la Cena, oficialmente una mezquita, quedó vacía bajo el control de guardianes judíos. A los cristianos se les permitía la visita y el rezo privado; pero se les prohíbe cualquier manifestación oficial del culto. Esta decisión fue duramente criticada por los responsables de la Custodia, considerándola un cambio radical de lo que se había hecho en el pasado. A cambio, Israel ha tenido y tiene pequeños gestos de benevolencia para con los franciscanos, signos que manifiestan la relación de los franciscanos con el Cenáculo y la respuesta positiva de la Autoridad israelí.
Han pasado cinco siglos de la expulsión de los franciscanos del Cenáculo. Los franciscanos reclaman ininterrumpidamente su derecho de propiedad sobre él. Sus esfuerzos hasta ahora han fracasado. Es, sin embargo, una aspiración por la que siguen trabajando. El Cenáculo, lugar de la Última Cena, del lavatorio de los pies, de la Institución de la Eucaristía, de la proclamación del mandamiento del amor, lugar de encuentro de la primera Comunidad, es consustancial a la fe de los cristianos… ¡Cómo no reclamarlo! ¡Cómo renunciar a él!